"En verano, Nueva York es literalmente insoportable, qué duda cabe, y todo el mundo que puede se pone en marcha en cuanto termina sus ocupaciones. Miles de coches corren los domingos por el puente de Washington, a tres de fondo, un verdadero ejército de ciudadanos que van en busca de la naturaleza. Y sin embargo, la naturaleza ya hace rato que la tienen a cada lado de la carretera; pasan junto a lagos, bosques de troncos verdes y tiernos, bosques no talados, junto a verdaderas selvas salvajes; luego vienen campos en los que no se ve ni una casa, un verdadero placer para la vista, un paraíso sobre la tierra. Pero la gente no se para. En aquella riada ininterrumpida de coches, en la que todo el mundo va a la reglamentaria velocidad de cuarenta o sesenta millas por hora, uno no se puede parar sencillamente porque quiere oler una piña (...) La naturaleza está al alcance de la mano, pero no exactamente al abasto, no se la puede pisar, sino que se escapa y transcurre como una película en colores con bosques, lagos y cañaverales." (Continuará)
Fragmento extraído de las págs. 190-191 de
Max Frisch, No soy Stiller, Biblioteca de Plata, Círculo de Lectores, Barcelona, 1988.

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