Con la llegada de la primavera mi pequeño jardín, no más de cien metros cuadrados, se llena de promesas de felicidad: higos minúsculos, que dan ganas de besarlos, flores blancas que se convertirán en manzanas, jazmín y rosas, los frutos del níspero japonés, el camino de rododendros... Parece mentira lo que puede crecer en un espacio tan pequeño. Al mismo tiempo, ortigas y otras malas hierbas cuyo nombre desconozco pero cuyo aspecto me es ya familiar luchan por hacerse con el espacio y hay que afanarse a diario con una pequeña azada para eliminarlas desde la raíz. Son tremendamente rastreras y persistentes, y el jardinero mantiene ese pulso durante semanas para evitar que se adueñen de lo que no les pertenece. Me encanta ese trabajo y si no le dedico más tiempo es porque hay que realizarlo sin guantes y destroza las manos con las que luego voy a sentarme a tocar el piano. He concluido que si me gusta tanto es porque educa el carácter y enseña una lección valiosa: el jardín y el temperamento se cultivan y se trabajan a diario. Si pretendemos minimizar los estragos de las emociones que nos dañan y afean tenemos que estar vigilantes, no permitir que echen raíces y abracen lo que sí merece la pena cultivar y cuidar. El amor, la compasión y la curiosidad no se benefician de la convivencia con accesos de ira, enfados arrebatados, egocentrismo, soberbia. A veces lo bueno y lo malo se atan de tal modo que para destruir lo que es dañino tenemos que arrasar con todo. De ahí la importancia de salir un rato todos los días a trabajar el jardín, y del mismo modo dedicar un pequeño espacio a transformar nuestro espacio interior. No sea que un día nos demos cuenta de que en nuestro jardín ya no hay flores. Antonio Machado lo expresaba muy bellamente:
1. Consultado en pág 477, Galerías, LXVIII, Antonio Machado, Obras completas, Tomo I, RBA-Instituto Cervantes, Barcelona, 2005.
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