"Sobre el cementerio de Adina, que cantó Rosalía en verso estremecido y cadencioso, vuela la paloma. Entre la madreselva florecida y la hermética y ofendida camelia, crece el olivo funerario, el olivo que se salió de su geografía, el olivo que no da olivas, de tan aristocrático como se siente, pero que presta sombra y regala recuerdos y esperanzas.
Sobre el más viejo olivo, de pie sobre su copa milagrosamente, crece un cerezo niño, un cerezo que, a su tiempo debido, pinta las rojas gotas de sus cerezas sobre el gris ceniciento que lo sustenta.
- Y vamos de milagro...
- Sí, señor, que milagros los hay a mares, pero lo que pasa es que no nos damos cuenta." (2)
Entre los milagros cotidianos de mi vida se encuentra, como saben mis lectores, un pequeño buzón en la plaza del pueblo, donde los vecinos cogemos y dejamos libros. Yo me llevé este para arreglarlo y seguramente me lo quede. Es un humilde tomo de bolsillo, amarillento pero bien conservado. Evoca lugares que me recuerdan momentos de vacaciones en el norte, preciosos cementerios como debe ser el de Adina, árboles que ofrecen esperanza, flores que aparecen en lugares inesperados. Pero sobre todo descubre, a través de la mirada de un vagabundo, cuánta belleza hay a nuestro alcance si sabemos mirar alrededor con asombro y humildad. No es tan fácil. Atrapados en las mil necesidades y urgencias del día a día, dejamos de estar disponibles para los milagros cotidianos. Sin embargo, ahí están, los hay a mares. Permitamos que al menos uno cada día nos llene de asombro y confianza. Feliz semana.
2) Págs 19 a 20, Camilo José Cela, Del Miño al Bidasoa, Barcelona, Noguer, 1974.

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